lunes, 30 de abril de 2018

Educar a los niños en el respeto por el medio ambiente


En el siguiente artículo, realizado por la psicóloga infantil María del Mar García Orgaz, podemos encontrar un buen estímulo en el que encontrar algunas ideas acerca de como transmitir a nuestros hijos el amor y respeto por el medio ambiente., por nuestra casa que con frecuencia le damos la espalda y le causamos daños que, en ocasiones, son irreparables 

Os animo a que lo leías con atención y con intención de contribuir a mitigar el daño y a hacer de este, nuestro jardín, un frondoso lugar en el que las futuras generaciones puedan sentirse agradecidas por el regalo que le hemos legado. 

Cómo educar a los niños en el valor del cuidado a la naturaleza 

Sin duda, uno de los valores que los adultos podemos inculcar a nuestros niños es el cuidado del medio ambiente. Puesto que todos los seres humanos formamos parte de un ciclo evolutivo y ocupamos un puesto transitorio en la vida, todos somos responsables del futuro, ya que nuestros antecesores han depositado en nosotros la esperanza en la continuidad. 


Enseñar a los niños a cuidar la naturaleza

Una de las maneras de introducir la responsabilidad por la continuidad de las especies y por la conservación de la naturaleza es dar a los niños una visión cósmica del universo, de la Tierra, siempre de modo accesible para su edad. 

Hablarles de un eje del tiempo, de manera que conozcan el pasado y se identifiquen con él: por ejemplo, con los fundadores de nuestra ciudad o de nuestro pueblo y, después, conducirlos a imaginar cómo les gustaría que fuera en el futuro su ciudad o su pueblo y llevarlos a plantearse qué pueden ellos hacer para lograrlo. Así entenderán que el futuro de sus hijos y de sus nietos depende del papel que ellos desempeñen en el presente. 

Hay muchas ocasiones para abordar de forma concreta y cercana el tema de la ecología, ya que los niños ven continuamente en la televisión noticias que aluden a atentados contra el medio ambiente. Noticias que a algunos pue­den parecer ajenas y que, sin embar­go, son oportunidades valiosas para relacionarlas con el consumo racional en nuestra propia casa. El hundimiento de un petrolero puede ser la ocasión, por ejemplo, para hablar con nuestros hijos sobre el uso de bolsas de plástico reutilizables, la compra de cristal retornable y el uso responsable de los diferentes contenedores y de los puntos limpios. 

Un incendio provocado en un bosque nos puede dar la oportunidad de educar a los pequeños en el consumo racional de papel, en la reutilización de papel y cartón en sus trabajos manuales, en el reciclado y en la protección del monte, por ejemplo, no arrancando el musgo. 

Y, ya fuera de casa, tratar el tema del uso del transporte público y de no tirar basura en la calle o en la naturaleza durante las excursiones o las estancias en la playa. A pesar del indudable atractivo que los animales tienen para los niños, también conviene hacerles comprender que no se debe tener como mascotas animales pertenecientes a especies protegidas o en peligro de extinción. 

Los niños tienen una concepción distinta a la nuestra del espacio-tiempo, de manera que esta responsabilidad les resultará motivadora, e incluso divertida, si se la presentamos como poder «bueno» sobre el entorno y el futuro. Así, les costará poco asumir la reducción del consumo de agua en su aseo personal, y el ahorro mediante hábitos sencillos como cerrar un grifo o apagar una luz innecesaria. 

Evidentemente, la ecología no es sólo una cuestión de los gobiernos, sino también de cada uno de nosotros porque, si tienen continuidad, los pequeños gestos se convierten en grandes acciones. Pero la educación en ecología es más difícil para los adultos que para los niños, ya que, en la práctica, resulta más complicado cambiar hábitos que adquirirlos. Los niños copian, sin cuestionárselo, y enseguida automatizan. Los adultos, en cambio, tenemos que incorporar ciertas costumbres, pensar antes de actuar y rectificar en muchas ocasiones. El respeto por la naturaleza es una cuestión de actitud en lo cotidiano. Adoptar esta actitud es asumir el deseo de ofrecer a nuestros herederos en la Tierra un mundo saludable. 


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